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Capitulo IV: -¿Se ha marchado? -preguntó Marta, acudiendo presurosa al oír el ruido del portazo que
hizo retemblar la casa.
-Sí-respondí-, se ha marchado.
-¿Y su comida?
-No comerá hoy en casa.
-¿Y su cena?
-No cenará tampoco.
-¿Qué me dice usted, señor Axel?
-No, María: ni él ni nosotros volveremos a comer. Mí tío Lidenbrock ha resuelto
ponernos a dieta hasta que haya desci frado un antiguo pergamino, lleno de garrapatas,
que, a mi modo de ver, es del todo indescifrable.
-¡Pobres de nosotros, entonces! ¡Vamos a perecer de inanición!
No me atreví a confesarle que, dada la testarudez de mi tío, esa era, en efecto, la suerte
que a todos nos esperaba.
La crédula sirvienta, regresó a su cocina sollozando.
Cuando me quedé solo, ocurrióseme la idea de írselo a con tar todo a Graüben; mas,
¿cómo salir de casa? ¿Y si mi tío volvía y me llamaba, con objeto de reanudar aquel
trabajo logogrífico capaz de volver loco al viejo Egipto? ¿Qué sucedería si yo no le
contestaba?
Parecióme lo más prudente quedarme. Precisamente, daba la casualidad de que un
mineralogista de Besanzón acababa de remitirnos una colección de geodas silíceas que
era preciso clasificar. Puse manos a la obra, y e scogí, rotulé y coloqué en su vitrina todas
aquellas piedras huecas en cuyo interior se agitaban pequeños cristales.
Pero en lo que menos pensaba era en lo que estaba haciendo: el viejo documento no se
apartaba de mi mente. La cabeza me daba vueltas y sen tíame sobrecogido por una vaga
inquietud. Presentía una inminente catástrofe.
Al cabo de una hora, las geodas estaban colocadas en su debido orden, y me dejé caer
sobre la butaca de terciopelo de Utrecht, con los brazos colgando y la cabeza apoyada en
el respaldo. Encendí mi larga pipa de espuma, que representaba una náyade
voluptuosamente recostada, y me entretuve después en observar cómo el humo iba
ennegreciendo mi ninfa de un modo paulatino. De vez en cuando escuchaba para
cerciorarme de si se oían pasos en la escalera, siempre con resultado negativo. ¿Dónde estaría mi tío? Me lo imaginaba corriendo bájo los fron dosos árboles de la calzada de
Altona, gesticulando, golpeando las tapias con su pesado bastón, pisoteando las hierbas,
decapi tando los cardos a interrumpiendo el reposo de las solitarias cigueñas.
¿Volvería victorioso o derrotado? ¿Triunfaría del secreto o sería éste más poderoso que
él?
Y mientras me dirigía a mí mismo estas preguntas, cogí maquinalmente la hoja de papel
en la cual se hallaba escrita la incomprensible serie de letras trazadas por mi mano,
diciéndome varias veces:
-¿Qué signifïca esto?
Traté de agrupar las letras de manera que formasen palabras; pero en vano. Era inútil
reunirlas de dos, de tres, de cinco o de seis: de ninguna manera resultaban inteligibles.
Sin embargo, noté que las letras decimocuarta, decimoquinta y decimosexta formaban la
palabra inglesa ice, y las vigesimocuarta, vigésimo quinta y vigesimosexta la voz sir
perteneciente al mismo idioma. Por último, en el cuerpo del documento y en las líneas
segunda y tercera, leí también las palabras latinas rota, rnutabile, ira. nec y atra.
¡Demonio! -pensé entonces-. estas últimas palabras parecen dar la razón a mi tío acerca
de la lengua en que está redactado el documento. Además, en la cuarta línea veo también
la voz luco que quiere decir bosque sagrado. Sin embargo, en la tercera se lee la palabra
tabiled, de estructura perfectamente hebrea, y en la última mer, arc y mere que son
netamente francesas.
¡Aquello era para volverse loco! ¡Cuatro idiomas diversos en una frase absurda! ¿Qué
relación podía existir entre las palabras hielo. señor cólera, cruel, bosque sagrado,
mudable, madre, arco y mar? Sólo la primera y la última podían coordinarse fácilmente,
pues nada tenía de extraño que en un documento redactado en Islandia se hablase de un
rnar de hielo. Pero esto no bastaba, ni con mucho, para comprender el criptograma.
Luchaba, pues, contra una dificultad insuperable; mi cerebro echaba fuego, mi vista se
obscurecía de tanto mirar el papel; las ciento treinta y dos letras parecían revolotear en
torno mío como esas lágrimas de plata que vemos moverse en el aire alrededor de nuestra
cabeza cuando se nos agolpa en ella la sangre.
Era víctima de una especie de alucinación; me asfixiaba; sentía necesidad de aire puro.
Instintivamente, abaniquéme con la hoja de papel. cuyo anverso y reverso presentábanse
de este modo alternativamente a mi vista.
Júzguese mi sorpresa cuando, en una de estas rápidas vueltas, en el momento de quedar
el reverso ante mis ojos, creí ver aparecer palabras perfectamente latinas, como craterem
y terrestre entre otras.
Súbitamente hízose la claridad en mi espíritu: acababa de descubrir la clave del enigma.
Para leer el documento no era ni siquiera preciso mirarlo al trasluz con hoja vuelta del
revés. No. Podía leerse de corrido tal como me había sido dictado. Todas las ingeniosas
suposiciones del profesor se realizaban; había acertado la disposición de las letras y la
lengua en que estaba redactado el documento. Había faltado poco para que mi tío pudiese
leer de cabo a rabo aquella frase latina, y este poco rne lo acababa de revelar a mí la
casualidad.
No es difícil imaginar mi emoción. Mis ojos se turbaron y no podía servirme de ellos.
Extendí la hoja de papel sobre la mesa y sólo me faltaba fijar la mirada en ella para
poseer el secreto. Por fin logré calmar mi agitación. Resolví dar dos vueltas alrededor de la estancia para
apaciguar mis nervios, y me arrellané después en el amplio butacón.
“Leamos” me dije en seguida, después de haber hecho una buena provisión de aire en
mis pulmones.
Inclinéme sobre la mesa, puse un dedo sucesivamente sobre cada letra, y, sin titubear,
sin detenerme un momento, pronuncié en alta voz la frase entera. ¡Qué inmensa
estupefacción y terror se apoderaron de mí! Quedé al principio como herido por un rayo.
¡Cómo! ¡Lo que yo acababa de leer habíase efectuado! Un hombre había tenido la
suficiente audacia para penetrar...
-¡Ah! -exclamé dando un brinco-; no, no; ¡mi tío jamás lo sabrá! ¡No faltaría más sino
que tuviese noticia de semejante viaje! En seguida querría repetirlo sin que nadie lograse
detenerlo. Un geólogo tan exaltado, partiría a pesar de todas las dificultades y obstáculos,
llevándome consigo, y no regresaríamos jamás; ¡pero jamás!
Me encontraba en un estado de sobreexcitación indescriptible.
-No, no; eso no será -dije con energía-; y, puesto que puedo impedir que semejante idea
se le ocuira a mi tirano, lo evitaré a todo trance. Dando vueltas a este documento, podría
acontecer que descubriese la clave de una manera casual. ¡Destruyámoslo!
Quedaban en la chimenea aún rescoldos, y, apoderándome con mano febril no sólo de
la hoja de papel, sino tambión del pergamino de Saknussemm, iba ya a arrojarlo todo al
fuego y a destruir de esta suerte tan peligroso secreto, cuando se abrió la puerta del
despacho y apareció mi tío en el umbral.
~♥~