martes

El Viaje Al centro De La Tierra-Julio Verne-Capitulo VI-

Capitulos Anteriores:I, II, III, IV, V 


Capitulo VI:Al escuchar estas palabras, un terrible escalofrío me recorrió todo el cuerpo. 
Contúveme, sin embargo. y resolví ponerle buena cara. Sólo argurnentos científicos 
podrían detener al profesor Lidenhrock, y había rnuchos y m uy poderosos que oponer a 
semejante viaje. ¡Ir al centro de la tierra! ¡Qué locura! Pero rne reservé mi dialéctica para 
el momento oportuno, y eso me ocupó toda la cornida. 
No hay para qué decir las imprecaciones de mi tío al encon trarse la mesa 
completamente vacía. Pero, una vcz explicada la causa, devolvió la libertad a Marta, la 
cual corrió presurosa al mercado y desplegó tal actividad y diligencia que. una hora más 
tarde, mi apetito se hallaba satisfecho y me di exacta cuenta de la situación. Durante la comida, dió muestras el profesor de cierta jovialidad, permitiéndose esos 
chistes de sabio, que no encierran peligro jamás; y, terminados los postres, me hizo señas 
para que le siguiese a su despacho.  
Yo obedecí sin chistar.  
Sentóse él a un extrerno de su mesa de escritorio y yo al otro. 
-Axel  -me dijo, con una amabilidad muy poco frecuente en él-: eres un muchacho 
ingenioso: me has prestado un servicio excelente cuando, cansado ya de luchar contra lo 
imposible. iba a darme por vencido. No lo olvidaré jamás y participarás de la gloria que 
vamos a conquistar. 
“Bien” pensé; “se halla de buen humor: éste es el mornento oportuno para discutir esta 
gloria”. 
-Ante todo  -prosiguió mi tío-. te recorniendo el más absoluto secreto, ¿me entiendes? 
No faltan envidiosos en el rnundo de los sabios, y hay machos que quisieran emprender 
este viaje. del cual, hasta nuestro regreso no tendrán noticia alguna.  
-¿Cree usted -le dije- que es tan grande el número de los audaces? 
-¡Ya lo creo! ¿Quién vacilaría en conquistar  una fama semejante? Si este documento 
llegara a conocerse, un ejército entero de geólogos se precipitaría en pos de las huellas de 
Arne Saknussemm.  
-No opino yo lo mismo. tío, pues nada prueba la autenticidad de ese documento.  
-¡Qué dices! Pues, ¿y el libro en que lo hemos encontrado? 
-¡Bien: no niego que el mismo Saknussernm pueda haber escrito esas líneas; pero. 
¿hemos de creer por eso que él en persona haya realizado el viaje'? ¿No puede ser ese 
viejo pergarnino una superchería? 
Arrepentíme, ya tarde,  de haber aventurado esta última palabra; frunció el profesor su 
poblado entrecejo, y creí que había malogrado el éxito que esperaba obtener de aquella 
conversación. No fué así, por fortuna. Esbozóse una especie de sonrisa en sus delgados 
labios, y me respondió:  
-Eso ya lo verernos. 
-Bien  -dije algo molesto-; pero permítame formular una serie de objeciones relativas a 
ese documento. 
-Habla, hijo mío. no me opongo. Te permito que expongas tu opinión con entera 
libertad. Ya no eres mi sobrino. Sino un colega. Habla, pues. 
-Ante todo, le agradeceré que me diga qué quieren decir ese Yocul, ese Sneffels y ese 
Scartars, de los que nunca oí hablar en los días de mi vida. 
-Pues, nada rnás sencillo. Precisamente recibí, no hace mucho, una carta de mi amigo 
Paterman,  de Leipzig, que no ha podido llegar en fecha rnás oportuna. Ve, y coge el 
tercer atlas del segundo estante de la librería grande, serie Z, tabla 4. 


Levantéme, y, gracias a la gran precisión de sus indicaciones, di con el atlas en seguida. 
Abriólo mi tío y dijo:  
-He aquí el mapa de Handerson, uno de los mejores de Islandia, el cual creo que nos va 
a resolver todas las dificultades. 
Yo me incliné sobre el mapa.  
-Fíjate en esta isla llena toda de volcánes-me dijo el profesor-, y observa que todos 
llevan el nombre de Yocuj, palabra que significa en islandés  ventisquero. Debido a la elevada latitud que ocupa Islandia, la mayoría de las erupciones verificanse a través de 
las capas de hielo, siendo ésta la causa de que se aplique el nombre de Yocul a todos los 
montes ignívomos de la isla. 
-Conformes -respondí yo-, mas, ¿qué significa Sneffels? 
Creí que a esta pregunta no sabría qué responderme mi tío: pero me equivoqué de 
medio a medio, pues me dijo:  
-Sígueme por la costa occidental de la isla. ¿Ves su capital , Reykiavik? Bien; pues 
remonta los innumerables fiordos de estas costas escarpadas por el mar, y detente un 
momento debajo del grado 75 de latitud. ¿Qué ves? 
-Una especie de península que semeja un hueso pelado y termina en una rótula enorrne. 
-La comparación es exacta, hijo mío; y ahora. dime, ¿no ves nada sobre era rótula? 
-Veo un monte que parece surgir del mar.  
-Pues ese es el Sneffels. 
-¿El Sneffels? 
-Sí, una montaña de 5.000 pies de elevación. una de las más notables de la isla, y, a 
buen seguro, la más célebre del mundo entero, si su cráter conduce al centro del globo. 
-Pero eso es imposible  -exclamé. encogiéndome de hombros y rebelándome contra 
semejante hipótesis. 
-¡Imposible! ¿Y por qué?  -replicó con tono severo el profesor Lidenbrock.  
-Porque  ere cráter debe estar evidentemente obstruido por las lavas y las rocas 
candentes, y, por tanto... 
-¿,Y si se trata de un cráter apagado? 
-¿Apagado? 
-Sí. El número de los volcanes en actividad que hay en la superficie del globo no pasa 
en la actualidad de  t rescientos: pero existe una cantidad mucho mayor de volcanes 
apagados. El Sneffels figura entre estos últitnos, y no hay noticia en los fastos de la 
historia de que haya experimentado más que una sola erupción: la de 1219. A partir de 
esta fecha, sus rumores hanse ido extinguiendo gradualmente, y ha dejado de figurar 
entre los volcanes activos. 
Ante estas afirmaciones no supe qué objetar, y traté de basar mis argumentos en las 
otras obscuridades que contenía el escrito. 
-¿Qué significa era palabra Seartaris  -preguntéle-, y, qué tiene que ver todo eso con las 
calendas de julio? 
Tras algunos momentos de reflexión, que fueron para mí un rayo de esperanza, 
respondióme en estos términos:  
-Lo que tú llamas obscuridad resulta para mí luz, pues me demuestra el ingenio 
desplegado por Saknussemm para preci sar su descubrimiento. El Sneffels está formado 
por varios cráteres, y era preciso indicar cuál de ellos era el que conducía al centro de la 
tierra. Y, ¿qué hizo el sabio islandés? Advirtió que en las proximidades d e las calendas de 
julio, es decir. en los últimos días del mes de junio, uno de los picos de la montaña, el 
Scartaris, proyectaba su sombra hasta la abertura del cráter en cuestión, y consignó en el 
documento este hecho. ¿Es posible imaginar una indicación más exacta? Una vez que 
lleguemos a la cumbre del Sneffels, ¿podemos titubear acerca del camino a seguir 
teniendo esta advertencia presente? 
Decididamente. mi tío había respondido a todo. Convencíme de que no había 
posibilidad de atacarle en lo referente a las palabras del antiguo pergamino. Cesé, pues. de seguirle por este lado: mas, como era preciso convencerle a toda costa. pasé a hacerle 
otras objeciones de carácter científico, en mi concepto, más graves. 
-Bien  -dije-. tengo que convenir en que la f rase de Saknussemm es perfectamente clara 
y no puede dejar duda alguna al espíritu. Estoy conforme también en que el documento 
tiene todos los caracteres de una autenticidad perfecta. Ese sabio bajó al fondo del 
Sneffels, vió la sombra del Scertaris acariciar los bordes del cráter antes de las calendas 
de julio y enseñáronle las leyendas de su tiempo que aquel cráter conducía al centro del 
globo: hasta aquí, estamos conformes; pero admitir que él en persona fue al centro de la 
tierra y que volvió de allá sano y salvo, eso, no; ¡mil veces no! 
-¿Y en qué fundas tu negativa?-dijo mi tío. con un tono singularmente burlón. 
-En que todas las teorías de la ciencia demuestran que la empresa es impracticable del 
todo. 
-¿Todas las teorías dicen eso?  -replicó el profesor, haciéndose el inocente-. ¡Ah, picaras 
teorías! ¡Cuánto van a darnos que hacer! 
Aun comprendiendo que se burlaba de mí. proseguí:  
-Es un hecho por todos admitido que la temperatura aumenta un grado por cada setenta 
pies que se desciende en la corteza terrestre; y admitiendo quc este aumento sea 
constante, y siendo de 1.500 leguas la longitud del radio de la tierra, claro es que se 
disfruta en su centro de una temperatura de dos millones de grados. Así, pues. las 
materias que existen en el interior de  nuestro planeta se encuentran en estado gaseoso 
incandescente, porque los metales, el oro, el platino, las rocas más duras. no resisten 
semejante calor. ¿No tengo: pues, dcrecho a afirmar que es imposible penetrar en un 
medio semejante? 
-¿De modo, Axel, que es el calor lo que a ti te infunde respeto? 
-Sin ningún género de duda. Con sólo descender a una profundidad de diez leguas, 
habríamos llegado al límite de la corteza terrestre, porque ya la temperatura sería allí 
superior a 300°. 
-¿Es que temes liquidarte? 
-Mi terror no es infundado-le contesté algo mohíno. 
-Te digo  -replicó el profesor, adoptando su aire magistral de costumbre-, que ni tú ni 
nadie sabe de manera cierta lo que ocurre dentro de nuestro globo, ya que apenas se 
conoce la docemilésima  parte de su radio. La ciencia es eminentemente susceptible de 
perfeccionamiento y cada teoría es a cada momento obstruida por otra teoría nueva. ¿No 
se creyó, hasta que demostró Fourier lo contrario, que la temperatura de los espacios 
interplanetarios decrecía sin cesar, y no se sabe hoy que las temperaturas inferiores de las 
regiones etéreas nunca descienden de cuarenta o cincucnta grados bajo cero? ¿Y por qué 
no ha de suceder otro tanto con cl calor interior? ¿Por qué, a partir de cierta profundidad. 
no ha de alcanzar un límite insuperable. en lugar de elevarse hasta el grado de fusión de 
los más refractarios minerales? 
Como mi tío colocaba la cuestión en un terreno hipotético, nada podía responderle. 
-Pues bien  -prosiguió-, te diré que verdaderos sabios, entre los que se encuentra 
Poisson, han demostrado que si existiese en el interior de la tierra una temperatura de dos 
millones de grados. los gases de ignición, procedentes do las substancias fundidas, 
adquirirían una tensión tal que la corteza terrestre no podría soportarla y estallaría como 
una caldera bajo la presión del vapor. 
-Eso, tío, no pasa de ser una opinión de Poisson. -Concedido; pero es que opinan también otros distinguidos geólogos que el interior de 
la tierra no se halla formado de  gases, ni de agua, ni de las rocas más pesadas que 
conocemos. porque, en este caso, el peso de nuestro planeta sería dos veces menor. 
-¡Oh! por medio de guarismos es bien fácil demostrar todo lo que se desea. 
-¿Y no ocurre lo mismo con los hechos, hijo mío? ¿No es un hecho probado que el 
número de volcanes ha disminuido considerabiemente desde el principio del mundo? ¿Y 
no es esto una prueba de que el calor central, si es que existe, tiende a debilitarse por 
días? 
-Si sigue usted engolfándose en el mar de  las hipótesis, huelga toda discusión. 
-Y has de saber que de mi opinión participan los hombres más competentes. ¿Te 
acuerdas de una visita que me hizo el célebre químico inglés ‘Humpliry Davy, en 1825”? 
-¿Cómo me he de acordar, si vine al mundo diez y nueve años después? 
-Pues bicn, ‘Hunfredo Davy vino a vcrme a su paso por Hamburgo, y discutimos largo 
tiempo, entre otras muchas cuestiones, la hipótesis de que el interior de la tierra se hallase 
en estado líquído, quedando los dos de acuerdo en que esto n o era posible. por una razón 
que la ciencia no ha podido jamás refutar. 
-¿Y qué razón es esa? 
-Que esa masa líquida hallaríase expuesta, lo mismo que los océanos, a la atracción de 
la luna. produciéndose. por tanto. dos marcas interiores diarias que, levantando la corteza 
terrestre, originaría terremotos periódicos. 
-Sin embargo, es evidente quc la superficie del globo ha sufrido una combustión, y 
cabe, por lo tanto. suponer que la corteza exterior sc ha ido entriando, refugiándose el 
calor en el cen tro de la tierra. 
-Eso es un claro error  -dijo mi tío-; el calor de la tierra no reconoce otro origen que la 
combustión de su superficie. hallábase ésta formada de una gran cantidad de metales, 
tales como el potasio y el sodio, quc ticnen la propiedad de inflamarse al solo contacto 
del aire y del agua; estos metales ardieron cuando los vapores atmosféricos precipitáronse 
sobre ellos en forma de lluvia, y, poco a poco, a medida que penetraban las aguas por las 
hendeduras de la corteza terrestre, fueron determinando nuevos incendios, acompañados 
de explosiones y erupciones. He aquí la causa de que fuesen tan numerosos los volcanes 
en los primeros días del mundo. 
-¡Es ingeniosa la hipótesis! -hube de exclamar sin querer. 
-Hunfredo Davy me la demostró palpablemente aquí mismo mediante un experimento 
sencillo. Fabricó una esfera metálica. en cuya composición entraban principalmente los 
metales mencionados poco ha, y que tenía exactamente la forma de nuestro globo. 
Cuando se hacía caer sobre su super ficie un finísimo rocío, hinchábase aquélla, oxidábase 
y formaba una pequeña montaña, en cuya cumbre se abría momen tos después mi cráter. 
Sobrevenía una erupción y era tan grande el calor que ésta comunicaba a la esfera, que se 
hacía imposible el sostenerla en la mano.  
Si he de ser del todo franco, empezaban a convencerme los argumentos del profesor, 
cuya pasión y entusiasmo habituales comunicábales mayor fuerza y valor. 
-Ya ves. Axel  -añadio-, que el estado del núcleo cen tral ha suscitado muy diversas 
hipótesis entre los mismos geólogos: no hay nada que demuestre la existencia de ese 
calor interior; a mi entender, no existe ni puede existir; pero ya lo comprobaremos 
nosotros. y, a semejanza de Arne Saknussemm, sabremos a qué atenernos sobre tan 
discutida cuestión. -Sí. sí: ya lo veremos  -contestéle, dejándome arrastrar por su entusiasmo-; lo veremos, 
dado caso que se vea en aquellos apartados lugares. 
-¿Y por qué no? ¿No podremos contar para alumbrarnos con los fenómenos eléctricos, 
y aun con la misma atmósfera, cuya propia presión puede hacerla luminosa en las 
proximidades del centro de la tierra? 
-En efecto-respondí -, es muy posible.  
-No posible, sino cierto  -replicó triunfalmente mi tío-; pero silencio, ¿me entiendes? 
Guarda el más impenetrable sigilo acerca de todo esto, para que a nadie se le ocurra la 
idea de descubrir. antes que nosotros, el centro de nuestro planeta.