Llegó el día de la marcha. La víspera, el secor Thomson, con su amabilidad
acostumbrada, nos había llevado cartas de recomendación muy eficaces para el conde
Trampe, gobernador de Islandia, el señor Pictursson. coadjutor del obispo, y el señor
Finsen, alcalde de Reykiavik. En prueba de gratitud, mi tío le prodigó fuertes apretones
de manos con el mayor entusiasmo.
El día 2, a las seis de la mañana, nuestros inestimables equipajes encontrábanse ya a
bordo de la Valkyria. El capitán nos condujo a unos camarotes exageradamente pequeños,
instalados bajo una especie de puente.
-¿Tenemos buen viento? -preguntó mi tío. -Inmejorable -respondió el capitán Biarna-. Brisa fresca del Sudeste. Vamos a salir del
Sund con todo el aparejo largo y el viento entre el través y la aleta.
Algunos instantes después, largó al velacho, el juanete, los foques y la cangreja, y,
después de largar las amarras, orientó convenientemente el aparejo y penetró a toda vela
en el estrecho. Una hora más tarde, la capital de Dinamarca parecía sumergirse en las
lejanas olas, y la Valkiria rozaba casi la costa de Elsenor. Efecto de la disposición en que
se encontraban mis nervios, creía ver la sombra de Hamlet errar sobre el legendario
terrado.
-¡Oh sublime insensato! -pensaba yo-; ¡tú aprobarías sin duda nuestra empresa! ¡Tú nos
seguirías tal vez ganoso de encontrar en el centro de la tierra una solución a tu duda
sempiterna!
Mas nada descubrí sobre las antiguas murallas; el castillo es, además, mucho más
moderno que el heroico príncipe de Dinamarca. Sirve en la actualidad de suntuoso
alojamiento al portero de este estrecho del Sund, por el que pasan cada año quince mil
buques de todas las naciones.
El castillo de Krongborg no tardó en desaparecer entre la bruma, así como la torre de
Helsinborg, que se eleva en la costa sueca, y la goleta inclinóse ligeramente, impedida
por las brisas del Cattegat.
La Valkvria era un buque muy velero, pero con esta clase de barcos nunca puede
predecirse lo que va a durar el viaje. Conducía a Reykiavik carbón, utensilios de cocina,
loza, vestidos da lana y un cargamento de trigo; e iba tripulada por cinco lobos de mar,
todos éllos daneses, que bastaban para maniobrar su aparejo.
-¿Cuánto durará la travesía?-preguntó mi tío al capitán.
-Diez días, poco más o menos -respondió este últhno-, si a la altura de las Feroe no
arrecia al Noroeste.
-Pero, ¿suele usted experimentar retrasos considerables?
-No, señor Lidertbrock; no pase ningún cuidado, ya llegaremos.
A eso del anochecer la goleta dobló el Cabo Skagen, que constituye el extremo
septentrional de Dinamarca, cruzó el Skager Rak, bordeó la costa meridional de Noruega,
lamiendo al Cabo Lindness, y penetró en el mar del Norte.
Dos días después divisamos las costas de Escocia, reconocimos el promontorio de
Peterhead, y arrumbó la Valkiria a las Faroe, pasando entre las Orcadas y las Shetland.
No tardaron las olas del Atlántico en azotar los costados de nuestra goleta ; y como, al
mismo tiempo, tuvimos que navegar de vuelta y vuelta para avanzar hacia el Norte,
venciendo la resistencia que el viento nos oponía, costónos gran trabájo el llegar a las
Feroe.
El día 3 reconoció el capitán la isla Myganness, que es la más oriental de este grupo, y,
a partir de este momento, hizo rumbo al cabo Portland, situado en la costa meridional de
Islandia.
La travesía no ofreció ningún incidente notable. Soporté bastante bien las inclemencias
del mar; pero mi tío se pasó todo al viaje mareado, lo que, a más de llenarle de
vergüenza, contribuyó a agriar más todavía su carácter.
Esto no le permitió interrogar al capitán Biarne acerca de la cuestión del Sneffels, los
medios de comunicación y la facilidad de los transportes, y tuvo que aplazar para más
adelante todas estas investigaciones; se pasó todo el viaje tendido en su camarote, cuyos mamparos crujían a cada cabezada del buque. Preciso es confesar que se tenía muy bien
merecida su suerte.
El día 11 montamos al cabo Portland, permitiéndonos la claridad del tiempo distinguir
el Myrdals Yocul, que lo domina. Este cabo se halla formado por un enorme peñasco, de
escarpadas pendientes, que se alza aislado en la playa.
La Valkvria, manteniéndose a una distancia razonable de las costas, fuelas barajando
hacia el Oeste, navegando entre numerosas manadas de ballenas y tiburones. No
tardamos en descubrir un inmenso peñasco, horadado de parte a parte, a través del cual
pasaba enfurecido el espumoso mar. Los islotes de Westman parecieron surgir del
Océano como rocas sembradas sobre la planicie líquido. A partir de este momento, la
goleta tomó el rumbo de fuera para dar un respetable rodeo al cabo de Reykjaness, que
forma el ángulo occidental de Islandia.
La fuerte marejada no permitía a mi tío subir sobre cubierta con objeto de admirar
aquellas costas bravías, azotadas y hendidas por los vientos y mares del Sudoeste.
Cuarenta y ocho horas después, sorteada una tempestad que obligó a la goleta a correr a
palo seco, descubrimos por el Este la baliza de la punta Skagen, cuyos peligrosos
arrecifes se prolongan a gran distancia por debajo del mar. Subió a bordo un práctico
islandés, y, tres horas más tarde, fondeaba la Valkyria delante de Reykiavik, en la bahía
de Faxa.
Entonces salió por fin el profesor de su camarote, algo pálido y quebrantado, pero con
el mismo entusiasmo de siempre y con la satisfacción retratada en su semblante.
Los habitantes de la ciudad, a quienes interesaba en extremo la llegada del buque, del
que todos tenían algo que recoger, agrupáronse en el muelle.
Mi tío se apresuró a abandonar su presidio flotante, por no decir su hospital; pero, antes
de dejar la cubierta de la goleta, llevóme hasta la proa, y desde allí, mostrándome con el
dedo en la parte septentrional de la bahía una elevada montaña, que remataba en dos
picos un doble cono cubierto da nieves eternos, me dijo entusiasmado:
-¡El Sneffels! ¡Ahí tienes el Sneffels!
Y después de haberme recomendado con un gesto que guardase el más impenetrable
silencio, bajó al bote que nos aguardaba. Yo le seguí cabizbajo y nuestros pies no
tardaron en hollar el suelo de Islandia.
De improviso, apareció un hombre de buena presencia, ves tido de general. Sin
embargo, no era más que un sencillo magistrado, el gobernador de la isla, el señor barón
de Trampe en persona. El profesor reconociolo al instante. Entrególe las cartas que traía
de Copenhague, y entablóse entre ellos una corta conversación en danés, en la cual no
tomé parte, como era natural. Esta primera entrevista dió por resultado que el barón de
Trampe se pusiese por completo a las órdenes del profesor Lidenbrock.
El alcalde señor Finsen, no menos militar por su indumentaria que el gobernador, pero
tan pacífico como éste, hubo de dispensar a mi tío la más favorable acogida.
En cuanto al coadjutor, señor Pictursson, giraba a la sazón una visita pastoral a la
región septentrional de su diócesis, y tuvimos que renunciar, por lo pronto, al gusto de
serle presentados. Pero, en cambio, trabamos conocimiento con un bellísimo sujeto, el
señor Fridriksson, catedrático de ciencias naturales de la escuela de Reykiavik, cuyo
concurso nos fue de inestimable valor. Este modesto sabio sólo hablaba el islandés y el
latín. Ofrecióme sus servicios en el idioma de Horacio. y comprendí en seguida que estábamos creados para comprendemos mutuamente. Y, en efecto, ésta fue la única
persona con quien pude converar durante mi estancia en Islandia.
--Como ves. querido Axel -hubo de decirme mi tío-, todo va como una seda: lo más
difícil ya lo tenemos hecho.
-¿Cómo lo más difícil?-exclamé yo estupefacto.
-Pues claro: ¡sólo nos resta bajar!
-Mirado desde ese punto de vista, tiene usted mucha razón; mas supongo que, después
de bajar, tendremos que subir nuevamente.
-¡Bah! ¡bah! ¡Lo que es eso no me inquieta! Con que, manos a la obra, que no hay
tiempo que perder. Me voy a la biblioteca. Tal vez se conserve en ella algún manuscrito
de Saknussemm que me gustaría consultar.
-Entretanto, yo recorreré la ciudad. ¿No piensa ustad visiitarla?
-¡Oh! eso me interesa muy poco. Los curiosidades de Islandia no se encuentran sobre su
superficie, sino debajo de ella.
Salí y eché a andar sin rumbo fijo.
No habría sido fácil perderse en las dos calles de Reykiavik de suerte que no tuve
necesidad de preguntar a nadie el camino lo cual, hecho por signos, expone las más de las
veces a muchas equivocaciones.
Se extiende la ciudad, en medio de dos colinas, sobre un terreno muy bajo y pantanoso.
Una inmensa ola de lava la cubre por un lado y desciende hasta el mar en declive suave.
Por el otro, se extiende la amplia bahía de Faxa limitada por el Norte por el enorme
ventisquero del Sneffels, y en la que, a la sazón, no había fondeado más buque que la
Valkyria. De ordinario se hallan resguardados en ella los guardapescas ingleses y france-
ses, pero entonces se hallaban prestando servicio en las costas orientales de la isla.
La calle más larga de Reykiavik es paralela a la playa, y en ella se hallan instalados los
mercaderes y negociantes, en cabañas de madera, hechas de vigas rojas horizontalmcnte
dispuestas; la otra calle, situada más al Oeste corre hacia un pequeño lago, pasando entre
la casa del obispo y las de otros personajes extraños al comercio.
No tardé en recorrer aquellas calles sombrías y tristes. A veces en treveía una mancha de
césped descolorido, que semejaha una vieja alfombra de lana, raída a consecuencia del
uso, o algo que parecía un huerto cuyas raras legumbres, patatas. coles y lechugas, sólo
eran dignas de una mesa lililputiense. Algunos alhelíes enfermizos pugnaban también por
recibir algún rayo de sol.
Hacia la mitad de la calle no ocupada por el comercio, encontré el cementerio público,
rodeado de una tapia de adobes, el cual es bastante espacioso. Pocos pasos después,
encontréme delante de la casa del gobernador, que es una mala choza si se la compara
con la casa Ayuntamiento de Hamhurgo: pero que resulta un palacio al lado de las
cabañas en las cuales se aloja la población islandesa.
Entre la ciudad y el lago, elevábase la iglesia, edificada con arreglo al gusto protestante
y construida con cantos calcinados que los volcanos arrojan. Las tejas coloradas de su
techo seguramente se dispersarían por los aires, con vivo sentimiento de los fieles, al
arreciar los vientos del Oeste.
Sobra una eminencia inmediata vi la Escuela Nacional, donde, según supe después por
nuestro huésped, se enseñaba el hebreo, el inglés, el francés y el danés, cuatro lenguas de
las cuales no conocía una palabra, cosa que me llenaba de bochorno, pues hubiera sido el
más atrasado de los cuarenta alumnos matricuiados en el pequeño colegio, e indigno de acostarme con ellos en aquellos armarios de dos compartimientos donde otros más
delicados se asfixíarían la primera noche.
En tres horas recorrí no sólo la ciudad. sino sus alrededores también. Su aspecto general
era singularmente triste. No había árboles ni nada que mereciese el nombre de
vegetación. Por todas partes veíanse picos de rocas volcánicas. Las cabañas de los
islandeses están hechas de tierras y de turba, y tienen sus paredes inclinadas hacia dentro.
de suerte que parecen tejados colocados sobre al suelo. Empero estos tejados son praderas
relativamente fértiles, pues, gracias al calor de las habitaciones, brota en ellos la hierba
con bastante facilidad, siendo preciso segarla en la época de la recolección para que los
animales domésticos no pretendan pacer sobre estas verdes mansiones.
Durante mi excursión, encontré muy pocas personas; mas cuando volví a pasar por la
calle del comercio, vi que la mayoría de la población se hallaba ocupada en secar, salar y
cargar bacalaos, que constituyen allí el principal artículo de exportación. Los hombres
parecían vigorosos, pero tardos; una especie de alemanes rubios, de mirada pensativa,
que se creen separados de la humanidad, infelices desterrados en aquellas heladas
regiones, a quienes la Naturaleza hubiera debido hacer esquimales, ya que los condenó a
vivir dentro de los límites del Círculo Polar Artico. Traté en vano de sorprender una
sonrisa en sus rostros; reían a veces mediante una contracción involuntaria de sus
músculos; pero no sonreían jamás.
Sus vestidos consistían en una basta chaqueta de lana negra, conocida en todos los
países escandinavos con el nombre de vadmel, sombrero de amplias alas, pantalón
orillado de rojo y unos trozos de cuero arrollados en los pies a manera de calzado.
Las mujercs, de rostro triste y resignado, y cuyo tipo es bastante agradable, aunque
carecen de expresión, usan una chaqueta y una falda de vadmel de color obscuro. Las
solteras llevan sobre el trenzado cabello un gorrito de punto de color pardo, y las casadas
se cubren la cabeza con un pañuelo de color sobre el cual se colocan una especie de cofia
blanca.
Cuando, tras un largo paseo, regresé a la casa del señor Fridriksson, mi tío se
encontraba ya en compañía de este último.