La matanza de animales como alimento
(del libro Los Derechos de los Animales)
"-(Extraido del libro de Henry S. Salt, Los Derechos de los Animales editado en Londres en 1892. El texto es la traducción al castellano de Carlos Martín y Carmen González en la edición de Jesús Mosterín para la editorial Los Libros de la Catarata, Madrid 1999. ISBN: 84-8319-046-X)-"
Es imposible que resulte adecuada o concluyente ninguna discusión del principio de los derechos de los animales que, como siguen ignorando muchos de los llamados humanitarios, ignore la inmensa importancia subyacente del tema de la alimentación. No tenemos por qué preocuparnos gran cosa por el origen del hábito de comer carne. Vamos a dar por supuesto, como hace la teoría que goza de mayor favor, que inicialmente, bajo la presión de la necesidad, mataban animales las tribus migratorias no civilizadas, y que la práctica que así surgió, fomentada por la idea religiosa de la ofrenda de sangre y la propiciación, se perpetuó e incrementó aun después de que hubieran desaparecido las tempranas condiciones de su origen. Lo que es más importante observar es que el hecho mismo de que ese hábito prevalezca ha propiciado que llegue a considerarse una característica necesaria de la civilización moderna, y que esta opinión ha tenido, inevitablemente, un señalado efecto -un efecto sumamente perjudicial- sobre el estudio de la relación moral del hombre con los animales inferiores. (Nota de la web: inevitablemente encontraremos en este texto numerosas expresiones especistas, así como un uso del lenguaje que reafirma la distancia entre los humanos y el resto de los animales, como esta de "animales inferiores". Téngase presente que el texto es de finales del siglo XIX).
Ahora bien, hay que admitir, creo, que resulta difícil reconocer y afirmar de manera coherente los derechos de un animal que tenemos el propósito de convertir en festín, dificultad que no han podido superar en absoluto, de manera satisfactoria, aquellos moralistas que, mientras aceptan la práctica del consumo de carne como una institución que está más allá de toda crítica, se han mostrado deseosos de hallar una base sólida para una teoría de la condición humanitaria. "Extraña contradicción de la conducta -dice el Filósofo Chino de Goldsmith respecto a este dilema-. ¡Sienten piedad y devoran los objetos de su compasión!" Hay también otra consideración más que hacer: que la sanción que implícitamente otorgamos a las terribles crueldades que el vaquero y el matarife infligen al inofensivo ganado hacen casi imposible, por paridad de razonamiento, abolir muchos otros actos de injusticia que por todas partes vemos en nuestro derredor, y quienes se oponen a la reforma humanitaria no han tardado en sacar provecho de este obstáculo[39]. De ahí la disposición por parte de muchos autores, que por lo demás muestran humanos sentimientos, a evitar el embarazoso tema del matadero, o a pasar por encima de él con una serie de excusas contradictorias y harto irrelevantes.
Pondré algunos ejemplos. "Privamos a los animales de la vida -dice Bentham, en una aplicación deliciosamente ingenua de la filosofía utilitaria- y está justificado que lo hagamos: sus dolores no son comparables al placer que nos proporcionan."
"Dentro del programa de la universal providencia -dice Lawrence- han querido ser recíprocos los servicios entre hombre y bestias, y la mayor parte de estas últimas no puede pagar el trabajo y el cuidado humanos de otro modo que mediante la pérdida de la vida."
La alegación de Schopenhauer se asemeja en algo a la anterior: "El hombre, privado de la alimentación carnívora, sobre todo en el norte, sufriría más de lo que sufre el animal con una muerte rápida e inesperada. Pero deberíamos mitigar ese sufrimiento con la ayuda del cloroformo".
Hay también el argumento que suele fundamentarse en la supuesta sanción por parte de la naturaleza. "Mis escrúpulos -escribe Lord Chesterfield- no podían reconciliarse con esta horrible forma de alimentarse hasta que, tras grave reflexión, llegué al convencimiento de su legitimidad derivada del orden general de la naturaleza, que ha establecido, como uno de sus primeros principios, la depredación sobre el más débil."
Y tenemos por último al temible Paley, que descarta como carente de valor toda apelación a la naturaleza, y se apoya en los mandatos de las Sagradas Escrituras. "Un derecho a la carne de los animales. Alguna excusa se antoja necesaria por el dolor y la pérdida que ocasionamos a los animales al restringir su libertad, mutilar sus cuerpos y, finalmente, poner fin a su vida para nuestro placer o conveniencia. Las razones que se alegan para vindicar esta práctica son las siguientes: que al haberse creado diversas especies de animales para comerse unos a otros, es permisible una suerte de analogía para demostrar que la especie humana debía alimentarse a base de ellos... Ante tal razonamiento haría yo la observación de que la analogía que pretende establecerse resulta en extremo débil, ya que los animales no pueden sustentarse de otro modo, y puesto que nosotros sí podemos, ya que la especie humana podría subsistir en su totalidad a base de fruta, legumbres, hortalizas y tubérculos, como de hecho hacen muchas tribus hindúes... Paréceme que sería difícil defender este derecho mediante argumentos proporcionados por el orden natural, y que debemos agradecerlo al permiso que se recoge en las Sagradas Escrituras."
De las citas que acabamos de mencionar, y que podrían ampliarse indefinidamente, resulta claramente que la fábula del lobo y el cordero se repite incesantemente en la actitud de nuestros moralistas y filósofos hacia las víctimas del matadero
[...]
El argumento común, que adoptan muchos apologistas del consumo de carne, o de la caza del zorro, según el cual el dolor que se inflige al matar a los animales está más que compensado por el placer que han gozado durante su vida, ya que de otro modo no hubieran existido siquiera, es más ingenioso que convincente, ya que no es en rigor nada más que la vieja y conocida falacia que ya hemos comentado: el arbitrario truco de constituirnos nosotros en portavoces e intérpretes de nuestras víctimas. Mr. E.B. Nicholson es por ejemplo de la opinión de que "podemos estar bien seguros de que si [el zorro] fuese capaz de entender y dar respuesta a la pregunta, elegiría la vida, con todos sus riesgos y penalidades, a la no existencia sin ellos"[43]. Desgraciadamente para la solidez de esta suposición sospechosamente parcial no hay ningún caso registrado de que esta extraña alternativa se haya sometido nunca a ningún zorro ni a ningún filósofo, de modo que habría primero de establecerse el precedente para basar en él un juicio. Entre tanto, en vez de cometer el grosero absurdo de hablar de la no existencia como estado bueno o malo, o de algún modo comparable a la existencia, mejor haríamos en recordar que los derechos de los animales, si los admitimos en absoluto, han de empezar con el nacimiento de los animales en cuestión, y pueden sólo terminar con su muerte, y que no podemos evadirnos de las responsabilidades que en justicia nos corresponden mediante esas sofísticas referencias a una imaginaria decisión prenatal en un imaginario estado prenatal.
El más nocivo efecto de la práctica carnívora, en su influencia sobre el estudio de los derechos de los animales en los actuales tiempos, es que estultifica y degrada la razón de ser misma de innumerables miríadas de seres: trae a éstos a la vida sin mejor finalidad que negarles el derecho a vivir. Ocioso resulta apelar a la mortífera guerra que vemos en algunos aspectos de la naturaleza salvaje, donde el animal más débil es a menudo presa del más fuerte, puesto que allí {aparte del hecho de que la cooperación modifica en gran medida la competición) las razas más débiles viven al menos su vida propia y tienen su oportunidad en el juego, mientras que las víctimas de los carnívoros humanos son criadas y cebadas, y destinadas desde el primer momento a la final matanza, de forma tal que todo su modo de vida se ve desvirtuado de su natural norma, y apenas son más que filetes, piernas o jamones animados. Y esto, yo sostengo, es una flagrante violación de los derechos de los animales inferiores, derechos que comienzan a ser percibidos por la conciencia más humana de la humanidad. Muy bien se ha dicho que "tener a un hombre {esclavo o siervo) meramente para tu propia ventaja, o tener a un animal al que puedas comerte, es una mentira. No puedes mirar a ese hombre o animal a la cara"[44].
Te lo agradecemos (:

